- Todas las tradiciones excepto la última, parten de una concepción esencial del ser humano. El esencialismo es la base sobre la que se sustentan la discriminación por cuestiones de género, el racismo y la estructura de clases sociales capitalista. Por lo tanto, aquellas tradiciones que no cuestionan la concepción esencial del ser humano sirven para perpetuar la dominación y sólo son caras –más o menos amables- de una misma moneda. El fracaso escolar es consecuencia de las diferencias sociales y culturales.
- El discurso académico surge con el sistema educativo moderno (ver notas al pie sobre Comte y S. Simón de capítulos anteriores) e inculca la particular concepción del mundo de las clases culturalmente dominantes (pequeña burguesía cultivada y profesiones liberales). Su objetivo es la perpetuación del sistema y del orden meritocrático. Trata de dar una formación global, humanística a los alumnos. En el campo de la formación, no se trata de formar estrictamente un profesional, sino un gentleman.
- La tradición técnica, es el culmen de las posiciones economicistas de la gran burguesía transnacional. La gran burguesía persigue a través de la misma convertirse en clase culturalmente hegemónica y aumentar sus beneficios mediante una enseñanza adaptada a sus necesidades y gestionada –con el correspondiente beneficio- en la medida de lo posible por las empresas y/o con criterios empresariales. En el ámbito formativo, su objetivo no es la formación humanista sino la formación técnica: el gentleman de la intelligentzia es desplazado por el experto o por el operario. En la actualidad es el discurso hegemónico en Europa, donde va arrinconando poco a poco a la tradición académica. Mantiene una concepción esencial del ser humano reforzada por la psicología conductista y sus test psicométricos, principalmente.
- La tradición personalista-humanista ejerce de poli bueno en una película que, como nos advertía Kafka en la cita que abre el capítulo segundo, es de terror. A pesar de que, o más bien, gracias a que bebe de fuentes como Rousseau, tantas veces reivindicado por nuestros gobernantes del PSOE y por los socialistas franceses, es en suma un discurso que diluye las clases sociales y centra la atención en el individuo. El personalista-humanista, no ve un bosque, tan sólo ve árboles por doquier, eso si, libres y felices, porque viven en la naturaleza. A nivel formativo, esta tradición plantea que de nada nos sirve un gentleman ni un expert, si estos no son felices y que la mejor manera de que alguien rinda en su trabajo, es yendo a trabajar feliz. Renuncia a explicar al trabajador los motivos económicos y políticos de su situación de no felicidad y le invita a encontrarse a sí mismo a través de un discurso vago acerca de la represión en una posición que aúna lo mejor de Piaget y de Freud. El expert tecnicista es Comte, que lo dice claramente: hay que crear una religión laica cuyos sacerdotes serán los maestros y se encargarán de inculcar la ciencia positiva. Se gobernará conforme a la ciencia. Comte, reprime y no se corta al decirlo. Es el poli malo. Por su parte Rousseau, Neill, Ferrer, y compañía liberan al individuo de esa represión llevándolo a vivir a la naturaleza. Solamente adaptan mejor a la persona a la explotación capitalista, legitimándola científicamente (p.e) mediante la concepción esencialista-desarrollista del ser humano que elaboró Piaget, que no es sino una reconceptualización de las ideas rousseaunianas.
- La tradición práctica, aún sin quererlo, también contribuye a mantener el sistema capitalista en la medida de que realiza un feroz crítica a academicistas y tecnicistas para proponer nuevas formas de enseñanza que son eso, formas, y nada dicen del fondo. La cuestión social no pasa de la mera retórica y por tanto, en la medida en que este discurso sólo sirve para hacer más eficaz el sistema educativo capitalista, no puede ser considerado como válido. Evidentemente, dado su carácter dinámico, es la tradición más eficaz en la formación de profesionales si la comparamos con las tres anteriores. Pero también la más compleja en su funcionamiento, lo que lleva al sistema a apostar por las formas tradicionales conductistas de la pedagogía por objetivos.
- El discurso crítico, si bien mantiene una vaga idea esencial del ser humano, no contribuye a la reproducción social en la medida en que la esencia que plantea es netamente revolucionaria y contraria a los intereses del capital. La teoría poscrítica no plantea una concepción esencial del ser humano. Esa es la primera diferencia de estas tradiciones respecto a las anteriores. En segundo lugar, consideran escuela y sociedad como un todo y no como entidades diferentes. Por lo tanto si la escuela es parte de la sociedad no puede contribuir a nada que no sea mantenerla. Desmontan el mito de la educación como mecanismo de transformación social (es interesante por su facilidad de lectura y comprensión el artículo de Fdez Enguita “Reforma escolar y/o reforma social” cuya referencia bibliográfica aparece en la nota al pie 11). Los críticos centran su análisis en las cuestiones de clase y, por tanto, en la contradicción capital-trabajo, al tiempo que los poscríticos amplían el objeto de estudio a realidades que escapan al análisis de clase, esto es, al estudio de la discriminación racial, étnica, de género, sexual, etc. A nivel educativo, su objetivo no es la instrucción de técnicos ni la formación de caballeros ingleses, sino de personas con la capacidad suficiente para afrontar un trabajo, pero también para analizar las relaciones laborales, sociales y políticas que le rodean con el objetivo de contribuir a la transformación social o lo que es lo mismo, a superar la sociedad capitalista.
- Como decía Gabriel Celaya, en aquel conocido poema-manifiesto:
No es una poesía gota a gota pensada/ no es un bello producto, no es un fruto perfecto/ es lo más necesario, lo que no tiene nombre/ son gritos en el cielo y en la tierra son actos/
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