El sistema educativo es un subsistema dentro de un sistema social más amplio. Por lo tanto, las relaciones educativas no pueden darse en abstracto, sino en función de las condiciones materiales de existencia de las personas que forman parte del proceso educativo, que son ante todo seres sociales con sus problemas, inquietudes e intereses.
La configuración de la sociedad actual avanza hacia una precarización absoluta de las condiciones de existencia de las personas.
Pero esa precariedad no alcanza únicamente ámbitos concretos sino que afecta prácticamente al individuo en todas sus dimensiones.
La volatilidad que caracteriza a la esfera económica en el momento de desarrollo actual del sistema capitalista unido a la avaricia y codicia de los grandes mercaderes, que cuanto más ganan, más quieren ganar lleva a nuestra sociedad cuesta abajo y sin frenos.
La victoria en la batalla de las ideas por parte del neoliberalismo, ha configurado un sistema de valores donde la rentabilidad económica lo justifica absolutamente todo. Las empresas ya no despiden a sus trabajadores cuando tienen pérdidas, sino cuando no obtienen tantos ingresos como esperaban. Se trata de una economía especulativa.
La realidad laboral a la que se enfrenta cualquier estudiante egresado es la de la más absoluta precariedad laboral. Sin apenas derechos, trabajando temporalmente hoy aquí y mañana allí, debe afrontar una situación que queda a años luz de lo imaginable hace 30 años. El trabajo fijo prácticamente ha desaparecido del horizonte de los jóvenes.
Muchas de las relaciones laborales están marcadas no ya por la temporalidad sino por la inexistencia de un contrato laboral. Miles de jóvenes titulados trabajan bajo fórmulas de “becas para prácticas” con la esperanza de obtener luego un trabajo estable. Estas becas, sin derecho a vacaciones, ni cotización a la seguridad social se convierten en un mal endémico para muchos jóvenes porque lo que debiera ser una situación transitoria se convierte en un modo de vida, que deja entrever a los contratados mileuristas como privilegiados.
Mención aparte merece la situación de la mujer, que cobra en ocasiones un 30% menos que los hombres e incluso menos por realizar el mismo trabajo, a lo que hay que unir los millones de empleos no remunerados de las amas de casa, y de las madres, hijas y hermanas que cuidan familiares sin recibir contraprestación económica alguna.
Además de la precariedad laboral que propician las becas y los contratos temporales o contratos basura, la precariedad afecta a otras esferas de la vida de las personas.
La situación actual de la vivienda, con unos precios inalcanzables para cualquier asalariado, hace difícil la emancipación del los jóvenes hasta edades nunca vistas en nuestra sociedad.
Jornadas maratonianas de trabajo, sueldos míseros, dificultades para emanciparse, cambios frecuentes de residencia para encontrar un trabajo, ritmo frenético de trabajo-ocio configuran una situación que da lugar a un nuevo tipo de precariedad que puede definirse como precariedad afectiva.
Esta es, en resumen, la situación que ha de afrontar cualquier joven al acabar sus estudios y ese es el contexto en el que los pedagogos deben intervenir a la hora de formar profesionales: teniendo en cuenta que su principal fuente de empleo serán contratos precarios para la realización de talleres de corta duración, donde será prácticamente imposible implicarse en el contexto en el que se desarrollarán y conocer a los participantes; ámbitos de acción diferentes en cada puesto de trabajo, más próximos al “chic@ para todo” que al pedagogo y sabiendo que tendrá que renunciar en ocasiones a disfrutar de sus relaciones afectivas, personales y sociales para poder acceder a un trabajo temporal de mierda con la esperanza de que le hagan fijo.
Este es el –pesimista, si se quiere- retrato del futuro laboral al que nos enfrentamos y que debemos combatir en el futuro.
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